Generalmente tenemos problemas manejando
el tiempo, es una cuestión de cantidad, nunca hay suficiente y en ocasiones hay
demasiado. Por ejemplo, solía quejarme del poco tiempo que me quedaba libre al
final del día para dedicar a mi adicción; si quería leer mis noticias debía
apagar la luz más tarde, pero eso significaría levantarme aun más tarde y por
la misma senda ir perdiendo tiempo de un día que ni siquiera comenzaba. Tomaba
el bus a clase, estas se hacían más largas o más cortas según el ánimo y que tanto
esfuerzo me costara prestar atención, comía algo, después algo de ejercicio y salía
a alemán. Basto con perder una de esas actividades para que la escasez se
convirtiera en exceso, y entonces ya no me sentí cómodo con el reloj.
Me hace falta esa sensación de estar
ocupado, el hacer algo mata el tiempo y es bien sabido que sin tiempo no hay
espacio, si me he procurado generar el vacío, por ahí mismo desalojan
problemas y preocupaciones. Siempre quedara el pequeño intervalo antes de caer
dormido pero ese momento es más fácil de solucionar cuando me alejo en mi
pequeño velero azul, tema de otra historia. Ahora que tengo tiempo a manos
llenas, pienso más, me preocupo más y vivir se hace algo más complicado, leer a
Bukowski no ayuda pero quita tiempo y ese es el punto. Se abrió un espacio, un
hangar lleno de vitrinas, donde cuidadosamente había puesto todas aquellas
preocupaciones leves y graves que me son pertinentes, cuando volví y recorrí
aquellas vitrinas. Juro a dios que creí haber dejado menos cosas y ahora no
había un solo estante con un espacio vació, carajo, esa bodega es el único
lugar donde mi distracción constante y sonante no pierde cosas, sino por el
contrario las encuentra ¿pueden creer la suerte?
Ya que no puedo estudiar alemán porque
estoy demasiado ocupado estudiando, pero tampoco puedo estudiar porque estoy
demasiado ocupado preocupándome; decidí descargar unas cuantas películas y
sacar unos libros a los que hace algún tiempo les tenía ganas. La pila de
libros y películas fue bajando progresivamente y así las encrucijadas de
mi cabeza, pero esto son solo paliativos, remedios temporales y que en nada
contribuyen al fondo del asunto. Esculcando en mis muy personales placebos y
bajo el calor de mis cobijas, descubrí una de esas típicas comedias francesas
por las que siento un especial gusto, jamás en mi vida gustaría del francés,
más cuando se escucha en voces de dichas películas me pierdo un poco y siento
esa felicidad que dan los gustos que se creen muy personales como el cine
hindú, caminar para ver edificios, el jugo de guayaba en leche o los frijoles
con limón.
Esa película no sobresalía en su calidad,
cumplía a cabal con su función, entretener, yo no le podía pedir más y
así mismo ella no me podía dar más. Sin embargo algo paso, toda la película
toma lugar en un avión y cuando este aterriza por fin en París, los
pasajeros en su mayoría franceses aplauden. ¡Mierda! los franceses también
aplauden cuando aterriza el avión. ¿Cuál fue mi primer pensamiento? Querer
decirle a alguien, que contrario a lo que habíamos pensado toda la vida no
somos los únicos y los franceses incluso aplauden más fuerte cuando aterriza el
avión, me pare, me mire al espejo, que cambiado que estoy y tu mi querida
también.
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