"Bienvenidos todos, escribir no nos hará ricos ni mucho menos famosos, seres anónimos que disfrutan escribiendo y siendo leídos por otros, en eso se resume esto que a falta de nombre sera lugar de vagos y pensadores."

lunes, 9 de mayo de 2016

Noches blancas, viernes grises.

Hace algunos días, sentado en un pequeño café de la Candelaria al que solo se puede llegar si se sabe de él o una feliz coincidencia lo permite, me encontraba terminando un libro que había traído de mi viaje a Buenos Aires, acababa las ultimas paginas de una recopilación de cuentos, mientras despacio saboreaba el segundo té que la mesera ponía sobre mi mesa, aquel cuento era más bien un monologo de un personaje solitario y reflexivo que habitaba en San Petersburgo y que una noche cualquiera, una noche como estas, conoció al amor de su vida sin imaginarse el curioso, negro y en cierta forma previsible desenlace de ese amor. ¡Dios mio! ¡Todo un momento de felicidad! Si ¿No es eso bastante para colmar una vida?...grito el desdichado personaje cerrando su destino y dando por terminado el relato.  Al salir del pequeño café donde escasamente cabían tres parejas, caían gordas gotas de lluvia sobre los andenes destruidos de esa zona de la ciudad, saque la sombrilla y entonces un vago deseo me lleno el cuerpo y comencé a caminar sin importarme mucho el destino, no habiendo caminado más de tres cuadras cuando ya me encontraba en la plazoleta donde habían pasado los últimos 5 años de mi vida, la gente se cubría en el diminuto cielo raso del claustro que se encontraba a la izquierda de la plazoleta, y un niño corría detrás de una triste pelota de papel que empezaba a deshacerse. ¿Cómo es posible que aquel protagonista de mi cuento con el que ahora sentía una extraña relación, una fraternidad de sentimiento y pensamiento, no hubiera imaginado el fatídico desenlace que le procuraría su amada? fue un necio por no darse cuenta que ella amaba a otro y las muestras de cariño que le profería eran solo el reflejo casi inconsciente e involuntario de no poder darlas a su verdadero amor, la furia se apodero de mi cuerpo por solo pensar que había osado amarla cuando sabía de antemano que ella por otro sentía las cosas que jamas por él, mi desdichado hermano sentiría.  

Camine otras cuantas cuadras siguiendo un pequeño riachuelo que ahora se formaba por la lluvia que caía con mayor intensidad, mojaba mis zapatos infantilmente pateando piedrecillas invisibles y sin levantar la cabeza para corregir el camino, un indigente que habitaba la zona se acerco por monedas pero al percatarse que no obtenía respuesta de mi parte, se alejo en sentido contrario por el cual venía. Algunos estruendos se escucharon en los cielos y aunque quería seguir caminando, quizás era hora de buscar un refugio en lo que amainaba la lluvia. Algunos pasos más adelante se encontraba un pequeño restaurante en el cual no había reparado en mis años como estudiante, entre y me senté lo más cerca que pude de la puerta, pues había logrado contener las ganas de caminar pero estas prometían volver con más fuerza. Una vez allí, ordene un café y algo que se asemejaba a una galleta, saque nuevamente el libro y empece a leer. Y aunque tampoco el ayer fuera mejor, nos parece que si lo fue, como si hubiéramos vivido más plácidamente, y no hubiésemos tenido encima del alma esa vaga melancolía que ahora nos persigue. No bien termine de leer, estallo en mi una onda de compasión por aquel triste personaje del cuento, que creyó tener derecho a amar, a compartir su historia con alguien para encontrarse que siempre estuvo solo y que así permanecería, el medio para notificarle que su historia no cambiaría,se me antojo deliciosamente planeado por el autor, no podía ser otro que una carta entregada de manos de un personaje secundario del relato, que adquiría toda la importancia como portador de malas noticias. Una carta donde su amada le decía que lo único que hacia era volver a su dueño, pues antes que de él había sido de otro.  

Abrí el bolsillo más pequeño del morral y saque una pequeña hoja de papel que se encontraba doblada varias veces, la tome en mis manos y la sostuve un largo rato antes de poder abrirla. La carta se encontraba desgastada no por el tiempo pero por la intensa actividad de ser leída y releída en largas noches de insomnio. La Carta al igual que la carta del cuento era el envase de malas noticias, no corriere yo la suerte de que hubiera sido entregada por un personaje secundario, no, la carta me había sido dada por su autora en una noche fría que caminábamos por un parque de la ciudad. El contenido de mi carta no era más que la confirmación de meses de suspicacias, llamadas anónimas y sonrisas disimuladas, la autora de aquella carta cuyo paradero desconocía o quería desconocer, solo escribió en aquel pedazo de papel el desenlace que yo tanto anticipe pero que aun así no tuve las fuerzas de preparar. Doble de nuevo el papel y lo puse en el morral, el clima me había dado una transitoria tregua y salí del restaurante con dirección al norte, ya era de noche y el frió calaba en los huesos, era un viernes gris en Bogotá y yo estaba solo. 

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