Alex llegó a la estación cuando ya no quedaban más que
dos o tres personas deambulando en una noche fría al inicio del otoño. Había estado
antes en Bruselas, pero esta vez a diferencia de otras sus expectativas eran altas.
Todos quienes visitan esta ciudad suelen hacerlo de paso hacia otro lugar, sus
habitantes no suelen llamarla hogar por que incluso ellos sienten la temporalidad
de su estadía, aunque lleven aquí varias décadas. Alex pensaba mientras salía al frío de la calle, que él también se veía a si mismo como un lugar de paso para aquellas
personas que habían pasado por su vida hacia destinos más acogedores, se
preguntaba mientras caminaba por la Grande Place, si algún día él o Bruselas
serían el lugar para volver de alguien, si alguna vez podrían ser un hogar.
Alex había vuelto hace poco a la fría Europa, le
gustaba estar aquí, le gustaba que el silencio y la contemplación no fueran
vistos como una rareza si no más bien como una virtud, algo tan difícil en la ahora
lejana América Latina. Había venido a Bruselas a encontrarse con Julia, una
chica que había conocido en uno de sus viajes por Centro América hace algunos
meses y con la que había mantenido un esporádico contacto, apenas suficientes
para concertar un encuentro en un punto medio entre sus respectivas
ciudades, un punto medio en el que nadie los conociera, sin recuerdos, ni
fantasmas que pudiesen complicar lo que debía ser un encuentro casual.
Sin embargo, y aunque Alex sabía que el único objeto
de ese fin de semana era prolongar por un par de horas la pasión y el cariño de
unas vacaciones ya pasadas, en su cabeza acorde con su fijación de
plantearse futuros improbables, no dejaba de imaginar que al caer el domingo,
con ella entre sus brazos, cansados y felices después de hacer el amor, ella lo
miraría con ese cariño que se mira al amante que ha estado ausente por un
tiempo y en un rudimentario español aprendido de charlas furtivas, le diría que
había sido un fin de semana perfecto y que un encuentro así debería repetirse
no una sino muchas veces.
Alex estaba fantaseando con mil escenarios mientras
tomaba el metro al lugar donde pasarían el fin de semana, inconscientemente había
buscado un lugar que fuera lo más parecido a un hogar. Entendía ahora, que dicha
búsqueda que se había prolongado por horas, venia del deseo intenso de que, si
la locación así lo insinuaba, ella también pensara en él como un lugar para
quedarse y no continuar su camino hacia personas quizás más interesantes pero
desconocidas.
Alex llegó al edificio 57 en la Rue de Jordan, tomó
las llaves que estaban debajo del tapete y subió las escaleras más lento que de
costumbre, las manos le temblaban y no tenia forma de excusarse en el frío. Al
abrir la puerta, se encontró con Julia que ya le esperaba en la sala con esa
sonrisa que tantos malos y buenos pensamientos le habían provocado en alguna
playa perdida de Guatemala. Verla fue recaer, recaer en el deseo de tenerla
cerca, recaer en el ansia de decirle con un abrazo que había pensado en este
momento todos los días desde que se despidieran hace algún tiempo, recaer en el
optimismo que quizás ella decidiría que en él dejaría sus maletas y su cepillo
de dientes.
Estando ya desnudos en la cama y mientras Alex acariciaba
su espalda, describiendo con sus dedos una línea imaginaria entre sus nalgas y
el inicio de ese cabello rubio, Julia lo miró y con esa franqueza con que se
dicen las cosas cuando de verdad se sienten, le dijo, que él le había hecho el
amor como si ella de verdad le importase. En eso tenia razón, aunque Alex había
fantaseado con tener con ella el sexo más primitivo y animal, embestirla,
morderla, ahogarla y hacerla venir en un frenético trasegar de miradas, piel
amoratada y sudor, la realidad es que cuando la vio desnuda, expuesta y frágil,
no tuvo más remedio que hundirse entre sus piernas, deseando con todas las
fuerzas de su cuerpo, fundirse en uno con ella.
Pero en ese cuarto prestado, en aquella ciudad gris y
lluviosa, en ese continente grandioso y venido a menos, las palabras de Julia habían
sido más una sentencia que una promesa. Haberle hecho el amor había sido un
error imperdonable, Alex era culpable y Julia ya había decidido la pena.
Mientras le miraba intentando en su cabeza modular las palabras de la que sería
una de sus ultimas charlas, Julia le dijo con cariño, pero ya sin afecto, que
aquello no podía ser más que eso y que a pesar de que lo sentía, su deseo era
continuar viajando hacia otro destino.
Alex guardó silencio por un momento durante el cual
como quien quiere borrar toda evidencia de un delito, se dedicó a destrozar uno
por uno todos los escenarios que se había planteado con ella hace un par de
horas. Julia le preguntó si había dicho algo malo, pero él sabía que cuando se
dice la verdad, no se es malo ni bueno, simplemente se hace evidente lo que ya debería
ser por todos sabido.
Cuando volvió en sí, Alex le sonrió y la besó en la
frente mientras la abrazaba. El fin de semana continuo como si aquella
conversación no hubiera tenido lugar. Volvieron a acostarse un par de veces, se
rieron e hicieron bromas como dos viejos amigos. Julia partió el lunes muy temprano
para tomar un vuelo de vuelta a su hogar. Alex pensaba en Julia abriendo la puerta
de algún apartamento en su ciudad, dejando sus maletas y recostándose en una
cama, feliz y contenta de estar de vuelta en casa. Alex un par de horas después
volvía a la estación de tren a la cual había llegado con sus expectativas de
convertirse en el hogar de Julia. Ahora veía en las caras de los habitantes de Bruselas,
aquellos que la consideraban un lugar de paso, la misma certeza y seguridad con
que Julia había cerrado la puerta al marcharse aquel día. Bruselas y él estaban condenados a las despedidas.
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