"Bienvenidos todos, escribir no nos hará ricos ni mucho menos famosos, seres anónimos que disfrutan escribiendo y siendo leídos por otros, en eso se resume esto que a falta de nombre sera lugar de vagos y pensadores."

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Quizas en otra vida.

Alex vio su celular mientras aterrizaba en Budapest. Un nuevo mensaje de su padre y un amigo en Colombia, no había rastro de Laura, hace mucho tiempo que no sabía de ella. Atrás habían quedado los días en que conmovido se encontraba con que ella en uno de sus usuales actos de cariño, había rastreado su vuelo y le enviaba un mensaje “ya debes haber aterrizado, estoy emocionada por verte”. En esta ocasión nadie lo esperaba, ni se emocionaba por verle.

Alex salió de la terminal mientras esquivaba turistas, el sentía que hace algún tiempo ya no era un turista en Budapest, pero sabia que tampoco era un local. Se encontraba en el extraño limbo en el que están todos aquellos que han migrado dejando (quizás para siempre) su tierra natal. El sentirse eternamente en tránsito, el no de ser de aquí pero tampoco de allá. Su relación con Budapest, sin embargo, era diferente. No vivía aquí, no hablaba el idioma y tampoco se sentía muy identificado con su cultura o su gente. Sin embargo, desde la primera vez que entre cervezas y tragos de palinka paseo por sus calles a altas horas de la madrugada supo que este lugar era especial.

Su primera visita hace ya algunos años fue precisamente para encontrarse con Laura. La había conocido en uno de sus viajes cuando ella aún tenía novio y su español se limitaba a saludos y agradecimientos. Que extraño le resultaba ahora pensar que tanto había pasado después de un encuentro casual en un hostal en Cancún. Todo el amor y el odio, las noches interminables, las caricias, la felicidad que alguna vez inundo sus rostros antes de dar paso a las lágrimas, todo aquello empezó con Alex entregándole una copa al confundirla con alguien de su grupo.

Tal como aquella primera vez, Alex tomo el bus 100E hacia el centro de la ciudad, en Deak Ferenk Ter se bajaría para caminar hasta su hostal. Mientras miraba por la ventana del bus un solo pensamiento inundaba toda su mente. Quería verla en alguna de las caras que caminaban las calles de Budapest. Solo podía pensar en un encuentro furtivo, caminar y toparse de frente a una distancia en la que fuera imposible evitarse. Era realmente pensar con el deseo porque Budapest era una ciudad gigante y el en ese momento se sentía un hombre muy pequeño.

Alex y Laura se escribieron todos los días después de ese encuentro en Cancún. Inicialmente como amigos, aunque dicha amistad no duro mucho. Rápidamente los mensajes con doble sentido se hicieron comunes y fue cuestión de una noche de viernes teniendo ambos algunos tragos encima para que se confesaran mutuamente las ganas que tenían de arrancarse la ropa y sentirse cerca. No mucho después Laura terminaría su relación y se mudaría con unas amigas, todo con la promesa que Alex la visitaría pronto.

Alex llego a su hostal, se registro y reviso su correo. Esta vez venia a Budapest para encontrarse con un amigo, que solo llegaría el día después lo cual le daba una noche para caminar por la ciudad, comer en el alguno de los restaurantes que frecuentaba cuando estaba de visita y quizás tomar algo en Goszdu.

Alex recordaba ahora que en su primera visita casi no habían salido del Airbnb. Todos aquellos deseos escritos en la pantalla de un celular fueron tomando turnos para hacerse realidad. Alex recordaba con algo de nostalgia que ella le llevo a esa primera cita varios dulces y comidas típicas de Hungría, recuerda la cara emocionada de Laura mientras le explicaba que este o aquel dulce habían hecho parte de su infancia. Cuanto amor sintió en aquel momento por ella, pero también por estar vivo, por todas las posibilidades que el mundo le permitía, por Budapest y cree inclusive contemplo la posibilidad de nunca haberse sentido tan feliz.

Alex se sentó a orillas del Danubio con vista directa al Parlamento ya iluminado magistralmente como una demostración de la grandeza que puede ser alcanzada por el hombre. Sobrecogido pensó en aquella vez que sentado no muy lejos de donde se encontraba ahora sostuvo quizás una de las ultimas conversaciones con Laura.

La distancia que al principio habían visto como una oportunidad fue creando un vacío entre los dos. Ninguno dudaba estar locamente enamorado el uno del otro y sin embargo, el amor requiere no solo lo posible sino también un par de imposibles. En aquella ocasión, Alex tomaba la mano de Laura mientras ella miraba fijamente a las aguas pasajeras del rio antes de mirarlo y preguntarle “¿Quizás en otra vida?”.

En aquel momento Alex no comprendió la profundidad e implicaciones de esa pregunta. Laura reconocía que, en este espacio, este tiempo, este cumulo de momentos que llamamos vida estar juntos no seria posible. El, aunque quería negarlo sabia que ella estaba en lo correcto, como había sido usual en su relación. Los obstáculos e inconvenientes del día a día poco a poco fueron invadiendo todos los espacios, las excusas se hicieron recurrentes y las disculpas mas frecuentes que las muestras de cariño. Algún observador externo podría opinar que lo de Alex y Laura murió no por falta de amor sino a pesar del amor.

Alex se levanto y camino para tomar el tranvía de vuelta al hostal, al día siguiente debía recoger a su amigo temprano. En el tranvía tampoco la vio entre las caras que se bajaban y subían en cada parada. En la calle tampoco la vio entre las personas que apuradas caminaban a sus diferentes destinos. En los edificios tampoco la vio entre la gente que se asomaban en las ventanas. Sin embargo, al recostarse en su cama y quedarse dormido, la vio nuevamente, le sonrió y le respondió “Quizás en otra vida”.


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