Siempre he sido una persona de gustos
curiosos, con carácter de ser temporales y permanentes, generalmente descubro
cosas nuevas de las que disfruto por instantes no muy largos de tiempo, hasta
olvidarles en el hastió de algo que se hace muy común y ordinario; después un
día, un hecho cualquiera, una imagen, una conversación, una persona las activa
de nuevo en mi memoria y siento esa imperiosa necesidad de rescatarlas del
olvido y recordar a razón de que me gustaron tanto, descubro entonces que hay
libros, canciones, películas, comidas y demás cosas que siempre estarán
conmigo, como una parte de mí, mi quintaesencia, palabra que según el
diccionario de la Real Academia de la Lengua Española significa lo más puro,
más fino y acendrado de una cosa, la última esencia o extracto de algo.
Hoy, sentado en la última silla de un
transmilenio casi vació que pasaba veloz por la Bogotá nocturna y atractiva de
Mendoza, venia pensando en Verónica, asumo que ese es su nombre porque así la
llamo quien asumo es un extranjero probablemente asiático cuando le pregunto si
quería tomar con él y sus amigos asiáticos. A ella la había visto un par de veces
cuando cansado me sentaba fuera del salón donde ella toma sus clases de español
y yo un poco más tarde trato de aprender un poco del difícil alemán. Hoy sin
embargo, no estaba cansado, es más estaba emocionado y sentía esa aura extraña
de los viernes en la tarde cuando el mundo ya no es tan grande y ninguna hazaña
parece muy difícil de cumplir, me sentía algo así como completo y listo para
cualquier reto. Pues bien ella salió, camino y unos segundos después supe que
se llamaba Verónica, he de asumir que es brasileña, de hecho me gustaría pensar
que así fuera, que viniera de una ciudad exótica como Florianapolis, que su
mamá fuera profesora y su papá cartero, y que su llegada a Colombia sea
producto del más aleatorio de los azares.
Contrario a lo que indica el texto, no me
enamore de Verónica, tampoco me imagine una vida con ella, creo que con el
tiempo he mejorado y podido limitar un poco la imaginación en el día, las
noches sin embargo aún me pasan cuenta de cobro. Lo que si paso fue que en
Verónica vi tiempos distantes, quizás no mejores pero si diferentes y
ciertamente objeto de añoranza, en días en que la suerte no me abandona pero si
se aleja, me aferre a la idea de Verónica, y mi imaginación echo a volar,
cuando me di cuenta llegaba a mi casa, me puse cómodo y ahí en la
blancura absorbente del techo de mi habitación, halle la conexión.
Verónica de Caramelos de Cianuro, gran
tema, muchas cosas implícitas, otras que se callan y unas cuantas más por
contar, lo importante sin duda es que me encontré de pronto con mi
quintaesencia, la he dicho tantas veces y la añore tantas más que olvide su
crucial importancia. Irme para volver, necesito irme lejos de aquí por un
tiempo, pero necesito aún más irme para volver algún día y reconocer en todo lo
que ha cambiado que quizás yo también he cambiado.
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