Alex
vio su celular mientras aterrizaba en Budapest. Un nuevo mensaje de su padre y
un amigo en Colombia, no había rastro de Laura, hace mucho tiempo que no sabía
de ella. Atrás habían quedado los días en que conmovido se encontraba con que
ella en uno de sus usuales actos de cariño, había rastreado su vuelo y le enviaba
un mensaje “ya debes haber aterrizado, estoy emocionada por verte”. En
esta ocasión nadie lo esperaba, ni se emocionaba por verle.
Alex
salió de la terminal mientras esquivaba turistas, el sentía que hace algún tiempo
ya no era un turista en Budapest, pero sabia que tampoco era un local. Se
encontraba en el extraño limbo en el que están todos aquellos que han migrado
dejando (quizás para siempre) su tierra natal. El sentirse eternamente en tránsito,
el no de ser de aquí pero tampoco de allá. Su relación con Budapest, sin
embargo, era diferente. No vivía aquí, no hablaba el idioma y tampoco se sentía
muy identificado con su cultura o su gente. Sin embargo, desde la primera vez que
entre cervezas y tragos de palinka paseo por sus calles a altas horas de la
madrugada supo que este lugar era especial.
Su
primera visita hace ya algunos años fue precisamente para encontrarse con
Laura. La había conocido en uno de sus viajes cuando ella aún tenía novio y su español
se limitaba a saludos y agradecimientos. Que extraño le resultaba ahora pensar
que tanto había pasado después de un encuentro casual en un hostal en Cancún.
Todo el amor y el odio, las noches interminables, las caricias, la felicidad que
alguna vez inundo sus rostros antes de dar paso a las lágrimas, todo aquello empezó
con Alex entregándole una copa al confundirla con alguien de su grupo.
Tal
como aquella primera vez, Alex tomo el bus 100E hacia el centro de la ciudad, en
Deak Ferenk Ter se bajaría para caminar hasta su hostal. Mientras miraba por la
ventana del bus un solo pensamiento inundaba toda su mente. Quería verla en
alguna de las caras que caminaban las calles de Budapest. Solo podía pensar en un
encuentro furtivo, caminar y toparse de frente a una distancia en la que fuera
imposible evitarse. Era realmente pensar con el deseo porque Budapest era una ciudad
gigante y el en ese momento se sentía un hombre muy pequeño.
Alex
y Laura se escribieron todos los días después de ese encuentro en Cancún.
Inicialmente como amigos, aunque dicha amistad no duro mucho. Rápidamente los
mensajes con doble sentido se hicieron comunes y fue cuestión de una noche de
viernes teniendo ambos algunos tragos encima para que se confesaran mutuamente las
ganas que tenían de arrancarse la ropa y sentirse cerca. No mucho después Laura
terminaría su relación y se mudaría con unas amigas, todo con la promesa que
Alex la visitaría pronto.
Alex
llego a su hostal, se registro y reviso su correo. Esta vez venia a Budapest
para encontrarse con un amigo, que solo llegaría el día después lo cual le daba
una noche para caminar por la ciudad, comer en el alguno de los restaurantes que
frecuentaba cuando estaba de visita y quizás tomar algo en Goszdu.
Alex
recordaba ahora que en su primera visita casi no habían salido del Airbnb.
Todos aquellos deseos escritos en la pantalla de un celular fueron tomando
turnos para hacerse realidad. Alex recordaba con algo de nostalgia que ella le
llevo a esa primera cita varios dulces y comidas típicas de Hungría, recuerda
la cara emocionada de Laura mientras le explicaba que este o aquel dulce habían
hecho parte de su infancia. Cuanto amor sintió en aquel momento por ella, pero también
por estar vivo, por todas las posibilidades que el mundo le permitía, por Budapest
y cree inclusive contemplo la posibilidad de nunca haberse sentido tan feliz.
Alex
se sentó a orillas del Danubio con vista directa al Parlamento ya iluminado
magistralmente como una demostración de la grandeza que puede ser alcanzada por
el hombre. Sobrecogido pensó en aquella vez que sentado no muy lejos de donde
se encontraba ahora sostuvo quizás una de las ultimas conversaciones con Laura.
La
distancia que al principio habían visto como una oportunidad fue creando
un vacío entre los dos. Ninguno dudaba estar locamente enamorado el uno del otro y sin
embargo, el amor requiere no solo lo posible sino también un par de
imposibles. En aquella ocasión, Alex tomaba la mano de Laura mientras ella
miraba fijamente a las aguas pasajeras del rio antes de mirarlo y preguntarle “¿Quizás
en otra vida?”.
En
aquel momento Alex no comprendió la profundidad e implicaciones de esa
pregunta. Laura reconocía que, en este espacio, este tiempo, este cumulo de
momentos que llamamos vida estar juntos no seria posible. El, aunque quería negarlo
sabia que ella estaba en lo correcto, como había sido usual en su relación. Los
obstáculos e inconvenientes del día a día poco a poco fueron invadiendo todos
los espacios, las excusas se hicieron recurrentes y las disculpas mas frecuentes
que las muestras de cariño. Algún observador externo podría opinar que lo de Alex y Laura murió no por falta de amor sino a pesar del
amor.
Alex
se levanto y camino para tomar el tranvía de vuelta al hostal, al día siguiente
debía recoger a su amigo temprano. En el tranvía tampoco la vio entre las caras
que se bajaban y subían en cada parada. En la calle tampoco la vio entre las
personas que apuradas caminaban a sus diferentes destinos. En los edificios tampoco la vio entre la gente que se asomaban en las ventanas. Sin embargo, al recostarse en su cama y quedarse dormido, la vio nuevamente, le sonrió y le respondió “Quizás en otra vida”.